Por Blanca Toledo Minutti
No puedo enderezarme, me duelen todos los huesos, incluso la piel; duermo entre las ásperas rocas, mecida por el fuerte viento, y aunque debería tener frío un calor rabioso me domina.
No sé de qué manera se desarrolló en mí ésta hambre insolente que me apremia en los lugares más inoportunos obligándome a buscar alimentos sin importarle que me ponga en peligro, estoy segura que por esa razón mi abdomen crece de manera desordenada. No sé de qué forma he podido sobrevivir con él tanto tiempo, si lo primero que me hizo perder fue el equilibrio y la destreza.
Para buscar comida implementé un sistema, simultáneamente infalible y peligroso, que consistía en seguir a las bestias cada vez que salían a cazar; no contaba con su mirada capaz de ver en la oscuridad pero de alguna manera se me había desarrollado tanto la sensibilidad en mi nariz que las descubría de inmediato; eso, por el momento, me mantenía a salvo.
El problema llegaba después, cuando escuchaba los gritos y el chasquido de los huesos al romperse, sentía asco y tenía que vomitar aunque no tuviera nada en el estómago; cuando llegaba el silencio me acercaba sigilosa, sintiendo la humedad de la sangre bajo mis plantas y una sensación de éxtasis incrementaba mis pasos. Una vez que comenzaba a comer ya no podía parar, era una máquina trituradora que partía y desgarraba huesos mientras se me rompían los dientes. Las bestias podían olerme, seguían mis rastros como si fueran dejados a propósito; ya solo era cuestión de tiempo.
Mamá tenía una panza como la mía, se movía sola y ella solía tomar mi mano para que se la pusiera encima, yo sentía los golpecitos y la apartaba de inmediato. Por eso este vientre mío no lo toco, acostumbro solamente golpearlo exigiéndole que me deje parar, pero no quiere, me levanta incluso del sueño, me obliga a salir, a arriesgarme porque no tiene ningún sentimiento afectivo hacia mí, de la misma manera que yo no guardo ningún sentimiento cariñoso por el, simplemente el anhelo de que de alguna manera todo pudiera ser como antes; pero no hay antes de esta infértil guerra que destruyó banderas; solo esa especie de maleza pegajosa, de zumbido constante y olor; un olor a muerte que de tanto estar presente empiezo a dejar de percibir.
Mi abdomen sigue creciendo de la misma manera que se acrecientan mis ansias por comer, sobrepasan mis miedos y la soledad. Quien me iba a decir cuando era niña y le tenía miedo a la oscuridad, que ella ahora sería mi aliada y que yo viviría sola, acostumbrada a los sonidos nocturnos; haciendo a un lado las palabras y los modales.
Desde hace unos días ya no trepo a los árboles, tampoco llego primero; los rapiñeros se lo llevan todo. La insolencia de éste abdomen es tal que se alimenta de mi hambre y yo dócilmente la secundo. Quisiera comerme; el pensamiento no me sorprende, dejó de importarme desde el día aquel en que obligada por ella devoré los restos de mi compañero: sabían a miedo. Yo en cambio sabría a alivio, sí el alivio de dejar atrás este inmenso abdomen que crece día con día botándome el ombligo mientras el resto de mi cuerpo se enjuta y se comprime, confinándome a la soledad de estar viva.
** Fe de erratas: En la edición No. 199 de la sección Rincón de las Letras, página 24 versión impresa, por error se adjudicó a dicho cuento un autor distinto. Dice: Autor: Cecilia Morales T; debe decir: Autor: Blanca Toledo Minutti. Del mismo modo en la edición No. 200 de la sección Rincón de las Letras, página 24 versión impresa, de nuevo se otorgó la autoría a Cecilia Morales T, debiendo ser a Golden Lion. Dice: Autor: Cecilia Morales T; debe decir: Autor: Golden Lion (Gabriel Cobos).
Por los inconvenientes que pudo causar este error involuntario, ofrecemos disculpas tanto a los autores como a los lectores".