Por Eduardo A. Burrola Ramírez
Don Gabriel Rentaría, es un trabajador de la construcción, casado, con tres hijos; una mujer y dos hombres, vive en la colonia El Centinela ubicada al sur de la ciudad, también por esa colonia pero como a cuatro cuadras vive Rosendo, un primo hermano de él.
Este muchacho trabajó en el Departamento de Tránsito Municipal aquí en Guaymas pero a causa de un accidente manejando su motocicleta cayó de cabeza, y por lo mismo quedó incapacitado de por vida para trabajar por lo que tuvo que retirarse, eso si con su sueldo completo, y todas las prestaciones de ley.
A consecuencia de este percance, Rosendo no quedó bien, ni física ni mentalmente. Pasan los días y muérase su madre, con la cual vivía, y ahora si se quedó completamente solo “Chendo”, bueno con dos hermanas viviendo en el estado de Chihuahua, de modo que don Gabriel, es el familiar más cercano aquí en este puerto. Así que por ser su pariente, en cada oportunidad que tenía iba y lo procuraba e inclusive lo invitaba a su casa a comer.
Don Gabriel a modo de allegarse más fondos para poder salir con los gastos, de escuela, de sus hijos, puso una pequeña refresquería y salir adelante, claro también le agregó chuchulucos y todo lo que les gusta a los chamacos, pues.
Un buen día se aparece por ahí su pariente Rosendo y le dice: “Fíjate Gabriel que se me acabó el dinero y yo quiero, si se puede, me fíes algunas cositas y en lo que reciba mi quincena, luego luego vengo y te pago, ¡ah! si puedes préstame ese talacho que tienes ahí, porque quiero ir descombrando el patio”. Bueno, le dijo Gabriel, pero recuerda, el “changarrito” es chico y no puedo fiarte mucho ni muchos días, y para que no se te olvide, aquí quedó apuntado. Toma el talacho le dice su primo Gabriel.
Se llega la quincena, el día 16 el 17 y don Gabriel va y procura donde vive su pariente, toca y toca, por allá a las quinientas se oye una voz de dentro de la construcción que le dice “¿quién?, pero como muy golpeado y le contesta don Gabriel, vengo por el dinero de las cosas que me sacaste y de una vez me entregas el talacho que te presté, a lo que le contesta: “¿Cuál dinero, cuál talacho, si yo no te pedí nada de eso?” Acto seguido se oye como que refuerza la puerta para que no intente pasar Gabriel.
Pasan los días y don Gabriel se cansa de esperar su talacho y sus centavos, a lo que le dice su mujer: “Te dije, que yo veía que no estaba bien Rosendo”; “Ni me digas, que me hierve la sangre, mujer”, ya olvídate y tómate un vaso de agua con azúcar para que se te baje el coraje.
Para las fechas en que murió la mama de Rosendo se encontraban los dos, madre e hijo en Chihuahua, por lo que las hermanas lo retuvieron varios días ahí a modo de consuelo, por lo que la propiedad aquí en Guaymas, quedó sola y los vagos del lugar se dieron a la tarea de robarse lo poco que había, a lo que los vecinos dieron aviso a don Gabriel, para que fuera y asegurara puertas y ventanas que se miraba estaban violentadas pues sabían que era su pariente, por lo que a la primera oportunidad fue a asegurar la casa, estando dentro, al mover la estufa para ponerla en su lugar, quedo al descubierto el talacho que, “Chendo” se negaba a devolver, por lo que se lo llevó, lástima que no estaba el dinero que se me debía, si no también lo recupero.
Unos días después de estos acontecimientos se presenta, Rosendo en casa de su primo y le dice, “fíjate que no me siento bien, ya lo pensé y me voy a quitar la vida, es más ya tengo listo el cable que pienso usar, ya me enfadé de esta vida”. Voltea y se le queda viendo don Gabriel y le dice: “Mira mañana tengo que pagar dos meses de cable, debo llevar un abono al recibo de la luz, tengo que darle a los muchachos para que salgan de la escuela y lo más triste no cuento con un solo peso, de modo que yo te digo: “Agarra el cable ese que dices tienes listo y ponlo doble para que no te falle a la mera hora, loco cabrón”. “Como si fueran tan pocas mis penas” Nunca pensé que fueras a contestarme así. Y dándole la espalda se retiró, Rosendo.