lunes, 16 de mayo de 2011

Garabateando

El Véntur
Por Miguel Ruiz Cruz
Nació una vez, en cierto lugar, una robusta niña, Josefina, hija del jornalero José María Ernesto “el Chemaneto” y la trabajadora doméstica Josefina “la Chepina”.

Por la tosquedad de la corpulenta niña, su progenitor cariñosamente le decía: mi Chepona; que solamente estudió hasta el cuarto año de primaria porque a los doce años de edad comenzó a trabajar de sirvienta en la casa de otro de los caciques del pueblo.

Pues bien, la ingenua “Chepona” a los diez y seis años fue seducida –sexualmente- por el méndigo de su patrón José Gorgonio “el Chegonio”. Cuando su patrona descubrió que estaba embarazada, en vez de recriminar la infidelidad de su marido, sin ninguna consideración aventó a la calle a la muchacha.

Sus padres montados en la estupidez le negaron su apoyo. Así las cosas, la desdichada “Chepona” arrastrando su desgracia, sin rumbo fijo se dedicó a navegar por el agitado mar de la incertidumbre; al caer la tarde, a punto de desmayarse por el cansancio, el hambre y la sed, se varó en el quicio de una puerta; de ahí fue rescatada por el campesino Fortunato “el Nato” de treinta años de edad y dueño de la humilde casa.

El solitario y solterón, pero bondadoso “Nato”, dentro de sus escasas posibilidades atendió con esmero a la desventurada Chepona; que ya reconfortada le agradeció sus atenciones e intentó retirarse, pero aquel hombre generoso con toda franqueza la invitó a quedarse. Y sucedió que del trato respetuoso y comprensivo nació el amor; y aquella singular pareja, sin el exhorto de don Melchor Ocampo ni de firmar un contrato matrimonial, unidos por la compatibilidad de caracteres fue bendecida por la felicidad.

(Durante los cuarenta y nueve años que vivieron en armonioso amasiato claro que tuvieron algunos problemas, dificultades que al enfrentarlas con responsabilidad e inteligencia, pronto le encontraban la correcta solución).

A su tiempo, La Chepona parió un varón que fue registrado como hijo de ambos, le nombraron Venturino, pero fue más conocido por su apodo de: “El Véntur”; el chamaco, a los trece años de edad terminó de estudiar la primaria; para entonces ya era hermano de dos inquietas niñas y de un travieso varón.
Con la anuencia de sus padres dejó la escuela y se puso a trabajar como ayudante de uno de los arrieros; el exiguo salario completito se lo entregaba a su madre; por empeñoso se daba tiempo para ayudarle a los otros arrieros; por eso, con las propinas, a los cinco viajes pudo rentar una acémila y comprar la mercancía. A los veinte años de edad, “el Véntur”, ya era dueño de cuatro mulas y un macho de silla. Enseguida les construyó una buena casa a sus padres y pagaba los estudios de sus hermanos.
El venturoso Venturino a los veintiséis años se casó, a los treinta ya era respetable porque respetando se había ganado el respeto de sus conciudadanos; y, sobre todo, por juicioso y trabajador, a esa edad gozaba ya de solvencia económica.
Entonces sucedió algo curioso: lo visitaron los directivos del partido político que ya llevaba algunas décadas en el poder, para pedirle que aceptara la nominación como candidato a la presidencia municipal, que por su fama de trabajador y honrado, seguramente se alzaría con la victoria. A lo que Venturino tajante les contestó:

-Señores, agradezco su proposición pero no la acepto porque sé de la imperiosa co-rrupción del sistema político. Porque yo desde mi niñez aprendí a trabajar, gracias a los buenos consejos de mis padres, honradamente, por eso vivo con ciertas comodidades; y quiero continuar navegando por el limpio y tranquilo mar de mi conciencia.

Aconteció también algo inesperado, el sexagenario viudo, “don Chegonio”, atormentado por el remordimiento, un esplendoroso día, invitó a su casa al “Véntur”, para primeramente agradecerle su disposición de acudir a su llamado, para decirle que lo feli-citaba por su buen comportamiento y sus logros. En seguida le dijo que reconocía su cobarde proceder, que le pedía perdón por su irresponsabilidad y que para reparar, en parte, el daño que le había causado, estaba dispuesto a reconocerlo ante la ley como su hijo, para incluirlo en el testamento notarial de su fortuna.

Venturino, rápido se levantó de su asiento, sonriendo barrió con la mirada a sus tres medios hermanos, al oficial del registro civil, al notario público, a los testigos y, mirando fijamente al atribulado viejo, con desdeñosa firmeza le espetó:

-Don José Gorgonio, con la misma sinceridad con que usted me está hablando, asimismo agradezco su ofrecimiento; pero, con el debido respeto, debo decirle también que yo ya no necesito de su apellido ni se su dinero… buenas tardes.