miércoles, 31 de marzo de 2010

Connotación (Edición No. 189, Colaboración)

El orden y la coacción
Por Rodolfo Peña Fárber
Es evidente que la sociedad humana tiene la sabiduría, la experiencia y los elementos materiales suficientes para vivir y desarrollarse tranquila y ordenadamente, lo que podría ser una verdadera civilización, en la que le genio creador que Dios nos donó, podría generar constantemente nuevos elementos para nuestra superación moral y material.

Esto es una posibilidad real siempre latente, en cuanto que nuestras aspiraciones tiendan hacia el orden y el bien en general, aunque ciertamente, siempre existirá una cantidad limitada de personas que carezcan de esas cualidades por deficiencias insuperables, a veces innatas, a las que la sociedad puede ayudar, mejorar o controlar perfectamente con tratamientos e instituciones atípicas y específicas.

De ese tipo son la policía y el Ejército, encuadrados dentro de un esquema complejo de autoridad y organización que dependen de los poderes legislativo y judicial, perfectamente reglamentado.

Los recursos necesarios para el buen éxito de las fuerzas del orden, en una sociedad razonablemente ordenada, son modestos pero se hacen muy onerosos cuando hay poderosas organizaciones supranacionales fomentando el desorden activamente, como el cine, la televisión, la prensa, los ideólogos, el Internet, los filósofos, los activistas, los feministas, los agentes de los “derechos humanos”, los ecologistas, la Banca, la Bolsa, los comunistas, los curas, los pedófilos, Etc.

Es por eso que las fuerzas del orden ponen en juego sus facultades de coacción, con la energía que las circunstancias exigen.

Los delincuentes y sus cómplices directos o indirectos, pierden automáticamente sus propios derechos, precisamente porque vulneran los derechos de toda la sociedad presente y futura, a veces por muchas generaciones.

La Nación, ineludiblemente, necesita castigarlos y reprimirlos, cono las leyes lo ordenan.

Por eso la vida era tranquila y sencilla en aquellos tiempos, en que don Porfirio Díaz sentaba las bases de una larga paz interna, tras las locuras de Benito Juárez y Lerdo de Tejada. Y ahora en que la llamada “libertad de expresión”, la TV, el cine, el Internet y Wall Street han hecho indes-cifrables la vida para las multitudes.