Ventura Cota Borbón
El término nostalgia tiene un origen muy curioso.
Etimológicamente significa: regreso del dolor (Nostos= regreso) (algos= dolor),
y así es cómo amanecí hoy: nostálgico.
Y todo se derivó cuando esta mañana miré a mi esposa
Consuelo con mi nieto Luis Alejandro en sus brazos, listos ambos para ir a
consulta mensual con el pediatra.
Me recordó, sin quererlo, a mi abuela paterna, Agripina
Reyes. Sus nietos le decíamos "Mamanina".
Ella vivió toda su vida -que fue parte muy íntima de la
mía-, en casa donde nací, allá por la calle 10, frente al multi del ISSSTE y
bajo la falda del monumento al Benemérito de las Américas, lugar donde me crié
y después salí para formar yo mismo un hogar que hasta hoy, casi treinta años
después, hemos mantenido a flote. Con roces y frutos, pero vigente.
No sé qué tan bueno o incluso contraproducente pueda ser
el que una abuela viva con sus nietos. En mi caso muy personal, yo amé a esa
viejita mucho y a su muerte, cuando yo tenía 18 años de edad, sentí que recibí
el primero cuchillo de dos que se me han clavado en el alma. (El otro fue el
óbito de mi madre).
Ella, por supuesto también nos amaba y siempre lo
demostró hasta el último aliento de su vida.
Pues bien, regresando de la digresión, me pongo a pensar
que la razón por la que mi esposa y yo –naturalmente mis hijos y la propia
madre-, amamos tanto a Luis Alejandro, es porque vive con nosotros y es desde
que Dios manda la luz del sol hasta que la oculta, en que convivimos con esa
criatura. No quiero ni debo pensar el día que por diversas circunstancias mi
hija tenga que partir y con ella llevarse a mi nieto. Creo, sin exagerar que
moriría y sería el último cuchillo en mis entrañas.
Tengo casi un mes que una desgraciada dolencia de mis
articulaciones me ha estado fregando y por ende, mantenido en un monigote “buenopanada”
y se siente gacho. Aunque lucho con fuerzas y mucha fe en Dios para no darme
por vencido, a veces me gana el desánimo y a pesar de mi obesidad, flaqueo en
mis buenas intenciones y la conmiseración llega.
Durante muchos años he sido una persona luchona, que no
le amedrenta el trabajo ni los retos, de un tiempo acá, hasta un escuálido
gatito podría vencerme y eso ya cala.
Escribo esto, no para que se sienta lástima o
conmiseración de mi persona. Lo hago más que nada, como una catarsis pública,
la cual quizá sirva de algo y con sus buenas vibras –esas sí las acepto de
corazón-, puedan echarme la mano para ser el Ventura que todavía meses atrás
solía ser.
Amo a mi nieto. Amo a mi familia. Amo a la vida. Amo a
mis amigos. Amo a Dios, pero también amo mi pasado.
Dios los cuide y bendiga.
Acápite: Hoy tuve oportunidad de hablar telefónicamente con
una persona con quien sentía la obligación de reiterarle mi amistad, respeto, lealtad, admiración y cariño, pero que diversos imponderables no lo habían
permitido. Gracias por seguir estando allí, gracias por su mano franca, gracias
por permitirme ser su amigo. Gracias por su apoyo. Simplemente gracias.