domingo, 13 de julio de 2014

Favor, con favor se paga

Ventura Cota Borbón
Lo que comúnmente se denomina buena vecindad, no es otra cosa que ser amable y evitar conflictos con quienes te toca vivir a cada lado de tu hogar.

Les voy a platicar una breve historia del cómo a veces el actuar con alevosía redunda en perjuicios que tarde o temprano te persuaden a doblar las manos.


Doña Lupe es una señora amable y siempre servicial con quienes tiene trato, por consiguiente, con sus más cercanos vecinos, no es la excepción. En cierta ocasión, llegaron al barrio una pareja joven con un niño y moraron a un costado de la casa de doña Lupe.


Casi de inmediato, levantaron una barda, obvio con el permiso de doña Lupita, sin embargo ésta –la barda-, obstruía la salida principal de las aguas pluviales. La buena señora, previendo en un futuro que las lluvias podrían ocasionar daños en su hogar, solicitó de modo cortés a la vecina de marras, si podía colocar un pequeño desagüe y que el costo de los trabajos del mismo, ella los absorbía.

La señora que construía la barda, le dijo que eso podría “afear” la fachada y por con “mucha pena” pero no sería posible. A pesar de que doña Lupe podría negar en los días subsiguientes el permiso para que entraran a su propiedad a seguir trabajando, no lo hizo y dejó que construyeran la barda.

Llegó la temporada de lluvias y lo que se temía pasó. La casa de doña Lupe se convertía con cada llovizna, en un enorme contenedor de agua. Amanecidas se daban ella y su familia sacando de toda la casa la lluvia que una barda no permitía dejar salir.

Pues bien, doña Lupita, hizo una especie de canal que dividía en dos su corredor –por donde se llenaba la casa de agua-, y por el lado de su puerta de entrada a la cocina, puso un desagüe. Con eso solucionó su problema, pero se ocasionó que la lluvia “almacenada” por el otro lado del canal, empezó a filtrarse a la casa de la vecina. Es decir, el problema se revirtió.

La señora, ahora sí, sintiéndose afectada por las inundaciones, fue a pedir permiso de poner una especie de sellado e impermeabilizado por el lado que da a la casa de doña Lupe. Naturalmente “montada en su macho” doña Lupe no otorgó el permiso y finalmente la vecina tuvo que hacer lo que en un principio pidió doña Lupita: abrió un boquete en su barda para meter un tubo de PVC de 4”. Y a fuerzas “afeó” la fachada.

Ya con el par de desagües, doña Lupe nunca volvió a tener inundaciones. Quitó el canal que había construido, mirando la nueva obra, saboreando una taza de café entre dientes masculló: “Vieja jija de su tiznada madre, cuerpo de guamúchil, finalmente hiciste lo que en un principio pudiste hacer. Para cabrona, cabrona y media”.