Por Ventura Cota y Borbón III
Se sabe por múltiples experiencias que en cierta edad, el individuo no reflexiona, no toma consciencia de sus actos o cuando menos, no lo hace de forma ni siquiera somera y ello lo lleva como consecuencia a cometer actos que para otros son de locura.
Aquí en Guaymas, un chamaco secundariano del colegio Ilustración, en un alarde de locura –NO SE PUEDE LLAMAR DE OTRO MODO-, “plantó” un cohetón en el baño del plantel y el estallido, a más de producir una onda que hizo daños en ventanas y puertas además sembró el pánico no sólo en la escuela sino abarcó zonas aledañas.
Lejos de arrepentirse por tal acto de estupidez, según me platicó una persona testigo del hecho, el ¿estudiante? y actor material de tan abominable acción, simplemente se río de su “travesura”.
Ojalá que la dirección del Ilustración deje a un lado el “sentimentali$$$$mo” y proceda con un correctivo ejemplar contra el idiota ése.
Por otro lado, en Hermosillo, para amanecer el miércoles, un adolescente de 13 años, en su intento por escribir su “placa” de graffiti en una pared de un almacén, se subió al techo y cuando se disponía a rayar la pared, trastabilló cayendo de una altura de diez metros.
El morro graffitero se encuentra hospitalizado en un estado sumamente grave, ya que producto de su resbalón, tuvo lesiones que ponen en riesgo su vida. Lo menos que sufrió es la caída de piezas dentales y las fracturas de una pierna y un brazo. Lo malo de su caída es el traumatismo craneoencefálico.
Siempre me preguntaba por qué razón los raya-paredes escogen los lugares más extraños y peligrosos para hacer su daño. Intentan con ello mandar el mensaje –según afirman los psicólogos-, de supremacía y llamar la atención de una sociedad que presuntamente los margina.
Ni modo, el chamaco se arriesgó y hoy lo está pagando muy caro. Su vida, de hecho, es un precio bastante alto.