Por Blanca Toledo Minutti
El agua tenía ese desagradable gusto a fierro y nosotros nos negábamos a tomarla, éramos berrinchudos e infantiles, queríamos frutas, dulces, dormir en la cama o jugar, ¿Pero de que otra ma-nera podíamos ser si solo éramos niños? cuando nos abandonaron aprendimos que debíamos sobrevivir a cualquier precio y entonces dejamos atrás los gestos, comenzamos a beber de cualquier charca sin importarnos lo turbio que luciera o su sabor agrio; nos enfermábamos sí, nos enfermábamos tanto al grado que algunos morían, pero los que sobrevivíamos nos volvíamos más fuertes. No fueron los años que pasaron los que nos hicieron crecer de manera abrupta sino el entorno que se nos presentó siempre hostil y nos enfocamos a la búsqueda constante de nuestra subsistencia.
El recuerdo de mis padres se convirtió en una necia imagen difusa que aprendí a bloquear cada vez que se me presentaba para atormentarme ¿De qué serviría ahora? Digo, si estuvieran vivos y nos encontráramos, ninguno de nosotros nos reconoceríamos, ya no éramos nada de lo que solíamos ser antes de que todo ocurriera puesto que de alguna manera dejamos de pertenecer a esa raza humana que nos llenaba de orgullo, aunque el hombre siempre fue ruin, egoísta, soberbio, mentiroso e interesado; causantes de todos nuestros males.
De igual forma pasó con las ciudades; encontramos la capital sin siquiera notarlo, tardamos mucho tiempo en percatarnos que aquel lugar inhóspito donde nos refugiamos por necesidad pertenecía a la capital que había constituido nuestro utópico Edén.
No fue hasta que notamos la cantidad de gente que llegaba de todas partes para quedarse que caímos en la cuenta de que esos escombros constituían el final de nuestra búsqueda y así mismo de nuestra esperanza. Muchos entendieron que todo había terminado, que la sociedad no estaba preparada como antiguamente se creía para un holocausto; no había refugios, fortalezas ni nada, y nadie de los que estaban aquí tenía respuesta.
Las bestias llegaron después atraídas por la carne en abundancia; ellas sí que habían encontrado su oasis. Éramos demasiados y la subsistencia se hizo una vez más muy precaria; nosotros, jóvenes ahora, nos desplazábamos con mayor facilidad, éramos muy buenos rastreadores pero los adultos seguían siendo más fuertes y nos quitaban todo, permitiéndonos únicamente relamer los restos; nos estábamos muriendo de hambre.
No faltó por supuesto aquel que se proclamara el conocedor de la verdad y líder absoluto de este nuevo clan; nos obligaron a concentrarnos en una de las pocas construcciones que se mantenía de pie, designándonos tareas absurdas, reglas que acatar y ninguna esperanza para seguir.
Luego comenzó la segregación, nos dividieron según el sexo y nos destinaron un cuidador. Afuera o adentro se volvió lo mismo, en ambos lugares nos acechaban bestias. La noche que escapamos, acababan de designarme junto con otras mujeres para ser compañeras del líder puesto que planeaban crear una nueva raza; pero yo ya tenía un compañero y no estábamos dispuestos a modificar eso.
La ciudad es tenebrosa y hostil, está repleta de depredadores de toda índole; mi padre solía decir que vivíamos lejos de ella para evitar tener contacto con los depredadores de traje ajustado; ahora no hay trajes, portafolios ni oficinas; ellos, los nuevos al contrario de nosotros, usan taparrabos pero siguen con ese mismo afán de utilizarnos y explotarnos al máximo. Al menos las otras bestias, las que salieron de las grietas con sus largos dientes puntiagudos y su tupido pelaje nos acechan únicamente para devorarnos.