Por Miguel Ruiz Cruz
A pesar del sigiloso proceder, en la ¿santa? sede del Vaticano, ha trascendido que durante el santísimo proceso de elección se dan las intrigas: los benditos enredos de sotanas; y después del inmaculado jaloneo salen con que: ¡HABEMUS PAPA!
En ese sospechoso proceso también se puede aplicar la sugerente y michoacana frase: “Haiga sido como haiga sido”. El garrudo salió elegido, le agregaría yo. Luego de la sacrosanta maniobra de elección, al elegido lo transforman en una persona “infalible” y lo denominan “Santo Padre”, “Sumo Pontífice”, “Sucesor de San Pedro”, “Vicario de Jesucristo”. A este respecto el Señor Jesús, con toda claridad, dice: “… Porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación”, (Lucas 16:15).
El Vaticano es una poderosa entidad política encubierta por los ritos paganos-religiosos. El papa no es infalible, no es el santo padre, no es el sumo pontífice, no es el sucesor del apóstol Pedro y mucho menos el vicario de Jesucristo.
(Cabe recordar que en el año 313 de nuestra era, el co-emperador Constantino promulgó el Edicto de Tolerancia por medio del cual le puso fin a la brutal persecución de los cristianos, que en el año 303 decretara el emperador Diocleciano; en el año 323 ya como emperador supremo les cobró el favor, pues, los cristianos lo reconocieron como su máximo líder, mezclando así el poder político con la religión; de ese amasiato nació la Iglesia Romana Imperial, que en la actualidad se ostenta como la “Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica”.
El papa es un vigoroso ente político con careta de religiosidad; tan grande es su poder que la Biblia lo describe como la bestia y lo identifica con el número 666 (Apocalipsis 13:18). Es también un importante coadjutor del príncipe de este mundo.
Pues bien, si realmente el papa fuera el vicario de Jesucristo, Dios le habría conferido poder para realizar prodigios y concedido la facultad para sanar enfermos, tanto como los que Jesús realizó en el momento de la petición y en presencia de testigos; empero ninguno atribuido me-diante dudosos testimonios.
Si en verdad el papa fuera el sucesor del apóstol Pedro, Jesús lo habría investido de poder, para atar y desatar, como le dio al humilde pescador. ¿Ejemplos? En el apo-sento alto, en Jerusalén, cuando Ananías entregó a los apóstoles menos de lo que había recibido por la venta de su propiedad, entonces Pedro le dijo que el fraude no se lo había cometido a ellos, sino al Espíritu Santo y a Dios, al oír esto Ananías cayó muerto; tres horas después llegó Safira y al admitir que había concertado con su marido, también cayó muerta a los pies del apóstol (Hechos 5:1-10). En la puerta, la hermosa, del templo, en Jerusalén sanó al hombre aquel que padecía cojera congénita (Hechos 3:1-13). En Lydda sanó al paralítico Eneas (Hechos 9:32-34). En Joppe resucitó a Tabitas-Dorcas (Hechos 9:40). Tanto llegaron a confiar en su facultad curativa que en la calle ponían a los enfermos para que con su sombra quedaran libres de sus enfermedades (Hechos 5:15).
Se entiende pues que la virtud del Apóstol nada más la ejerció en vida; que esos atributos no son transferibles ni here-ditarios. Cabe también aclarar que Pedro y ninguno de los apóstoles están en el cielo. ¿Por qué? Porque Jesús con toda claridad dice: “Y nadie subió al cielo, sino el que descendió de cielo” (Juan 3:13).
¿Y la beatificación? Esa es otra patraña inspirada por el padre de la mentira (Satanás): príncipe de este mundo; claro, porque así como el papa Juan Pablo II durante 26 años fue su coadjutor, ahora lo es el papa Benedicto XV1. Esa coadjutoría sí es transferible.
A partir del 1 de mayo mediante la fastuosa ceremonia Juan Pablo II fue declarado beato; los aplausos, la atención y la admiración que produjo la soberana pomposidad, esa únicamente es su recompensa (Mateo 6: 2). Porque para Dios esa vaticana solemnidad no es más que una abominable blasfemia (Lucas 16: 15).
A mí me parece que no va a pasar mucho tiempo para la ostentosa cano-nización: la conversión de Juan Pablo II en ídolo-santo. Posiblemente los más interesados en escuchar el: ¡HABEMUS SANTO! han de ser los impúdicos pederastas creyendo pues que en los altares tendrán a un comprensivo y eficaz abogado.