miércoles, 1 de junio de 2011

Garabateando (Edición No. 217)

La naturaleza humana
Por Miguel Ruiz Cruz
El Supremo Hacedor, en su infinita sabiduría, para la conformación del hombre aplicó tres valiosos elementos: Espíritu, alma y cuerpo. La materia prima que Dios usó para la configuración del ser humano, fue la tierra; y al soplarle en la nariz, la inerte figura de barro se convirtió en un ser viviente, porque con el soplido le trasmitió el espíritu y el alma. En esta sublime combinación, el espíritu es realmente el que le da vida al cuerpo y su residencia para las operaciones la tiene en la masa encefálica. Entre los atributos del complejo cerebral se encuentran: El raciocinio que viene siendo la capacidad para pensar; la inteligencia tiene también la capacidad para distinguir el bien y el mal; en el albedrío está la facultad para tomar las propias decisiones. Se entiende pues que la cabeza viene siendo el puente de mando del poderoso navío humano.

Con respecto a la materia hay dos consecuencias: una que los satisfactorios de la carne se encuentran en las cosas terrenales; la segunda es que cuando el espíritu (soplo divino) abandona el cuerpo, aquella figura inerte vuelve a la tierra de donde fue tomado.

Podemos entender también por qué la compleja naturaleza humana se encuentra en constante lucha, claro, porque mientras el espíritu busca las cosas celestiales tratando de honrar a su Creador; la tendencia de la carne es hacia las cosas terrenales, empeñada en satisfacer su humanidad.
¿Y el alma? El alma viene siendo la conciencia y está situada en el centro del cuerpo, como una balanza, tratando de hacer el equilibrio entre el espíritu y la carne; para equilibrar el deseo y lo permi-sible. Este balance se refleja en la conducta del individuo.

Así pues, ese forcejeo constante dentro de la persona humana es provocado por un malévolo poder que influye para inclinarlo a la concupiscencia; este perverso personaje incita al ser humano al egoísmo, a la vanidad, a la envidia y a la violencia, con la finalidad de alejarlo de su Creador.

Así las cosas, es evidente que del razonamiento y la voluntad de cada persona depende si se deja seducir por el Satanás para caminar por el sombrío sendero de la falsedad; se afianza a Jesucristo para transitar por el luminoso camino de la verdad; o, acorde con su albedrío, decide navegar por este mundo aferrado al timón de sus propias ideas.

Y, ¿quién es el Satanás?

Satanás es el ángel aquel que cuando se dio cuenta que Dios lo había dotado de más sabiduría y belleza que los otros ángeles, por eso también se le llama Luzbel, pensó que podía destronar a su Creador; pero el Supremo, por su atrevimiento, lo arrojó al abismo y junto con él la legión de ángeles que lo siguieron en la rebelión; por la sublevación alcanzó el título de príncipe de los demonios: Beelzebub. Esto sucedió antes de la ordenación de la tierra, obviamente, de la creación del hombre.

Satanás es aquel que astutamente incitó a Eva y Adán, en el placentero Edén, a que comieran el fruto prohibido para que cometieran el pecado de desobediencia. Es aquel que se atrevió a retar a Jehová para que Job se quedara sin las siete mil ovejas, tres mi camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas y, de pilón, con el cuerpo lleno de sarna, creyendo que con estas severas calamidades Job renegaría de su Dios. Sin embargo, Job estoicamente aguantó la prueba y en vez de renegar con más fervor adoró y alabó a Jehová; y por eso Dios lo recompensó con el doble de lo que antes había tenido.

(Apreciados lectores: los que duden de la existencia del Satanás, los invito a leer la Biblia en donde encontraran no solamente las tres pruebas que en este breve relato les presento, sino muchas evidencias de su perversa injerencia en la vida humana).

El Satanás tiene tanta sabiduría y fuerza que también se le conoce como Lucifer. Y aprovechando esos atributos, cuando Jesús luego de ser bautizado fue transportado al desierto para ayunar durante cuarenta días con sus noches, entonces el diabólico personaje creyó que apoyándose en las Escrituras y sus deslumbrantes ofrecimientos podría convencer a Jesús para que renegara de su Padre y lo adorara a él; empero el hijo de Jehová también con fundamento en la Palabra de Dios, a pesar de su agotamiento por el ayuno, fue más sabio y fuerte para derrotar al Satanás. (Mateo 4: 1-11).