Por Blanca Toledo Minutti
En contra de todo pronóstico científico, después del holocausto no solo sobrevivieron las cucarachas, muchos insectos aparecieron a las pocas semanas de haberse acabado los suministros y los mamíferos como nosotros mutamos.
Yo no sé bien que soy ahora pero reconozco los cambios en aquellos otros que se nos unieron en el camino y voy dejando atrás el recuerdo de esa niña de cabellos rizados que jugaba en el columpio del patio de su modesta casa, como esa mañana; igual que todas, creo que era domingo pues también mi padre estaba en casa y mamá y él miraban la televisión mientras yo me balanceaba, luego todo se puso en silencio; por unos segundos el aire tuvo olor y de pronto una parvada venida de quién sabe dónde salió despavorida mientras los animales comenzaban a gemir desesperados y luego guardaron silencio, no se movieron, se mantuvieron expectantes como nosotros; recuerdo haber visto a mi padre asomándose a la ventana buscándome, mamá tenía esa expresión en la cara de cuando peleaban, pero esa mañana nadie estaba peleando, papá hizo un movimiento con la mano llamándome y ya no pude hacer nada, una luz incandescente lo borró todo, como los negativos cuando se ponen sobre la lumbre, así se desdibujaron los rostros de mis padres a través de la ventana desapareciendo para siempre lo que conocía, incluso mi cabello, mi ropa, mi nombre, todo.
Despierto con la sensación de no haber dormido nada, con la mandíbula colgada y el paladar reseco. Aparto mis piernas de esa posición acuclillada y descubro que he perdido otra uña, arrancada de tajo sin la escandalosa sangre que podría delatar mis pasos. Siento hambre, pero distinta; ajena, salvaje e impulsiva. Me aprieto el pellejo como lo hago siempre intentando sosegarla, pero ésta no quiere, se resiste, me exige, me obliga a levantarme impulsándome a perder el miedo; tengo que satisfacer esta necesidad que se convierte en la única cosa con sentido y me dirijo hacia el portón desvencijado saliendo por aquella rendija diminuta.
Afuera todo es azul y brumoso, olisqueó en el ambiente separando los olores densos de aquellos que me lleven a algo de alimento y después de un tiempo descubro un olor conocido, débil pero agradable. No necesito ocultarme ni caminar encorvada pues las bestias se han ido, sin embargo ya no puedo caminar erguida a causa de esa hambre impropia que me sacude el estómago con un ímpetu desconocido, lo golpeo y parece responderme incrementando la sensación. Mientras camino voy descubriendo restos de un cuerpo como las piezas pequeñas de un rompecabezas en desorden y el olor activa mis sentidos; huele a miedo y rendición. Me inclino junto a lo que pareciera ser el hallazgo más grande e introduzco los dedos en la parte de un tórax pegajoso para arrancar la poca carne adherida al hueso partido; su olor me transporta a un remoto tiempo de paz y esperanza, no me detengo porque el pudor no me lo impide aunque el sabor lo identifique como mío y me devuelvo a buscar entre todos los fragmentos simulando una simple ave de rapiña que mueve las alas para no perder el equilibrio mientras arranca con el pico la carne que se resiste a salir; comer, comer sin detenerme activada por un mecanismo de defensa, ya no de mi propia existencia.
Soy una bestia. Cansada, asqueada y enferma, tengo que lamer, desgarrar y masticar las entrañas del ser que en algún amanecer dejó puesta en mí su semilla y ahora me obliga a comer de él.