sábado, 22 de agosto de 2015

Otro Sonora, reto compartido, no sólo de Claudia Pavlovich

Por José Cruz Vieyra/Cartaspropias

La noción de una Gobernadora con poderes y recursos ilimitados es un cuento viejo que ya no es útil para comprender los retos que enfrentamos y diseñar alternativas de solución.

La capacidad institucional para responder a las demandas de la sociedad, eso que los estudiosos del poder llaman “gobernabilidad”, además de la voluntad política que ha mostrado la próxima mandataria, exige una base fiscal sólida y suficiente; un Estado de Derecho robusto; la efectiva división y supervisión entre poderes; rendición de cuentas y; un federalismo consolidado.

No se requiere ser un experto para saber que ninguno de estos componentes luce bien. Desastre en las finanzas estatales y municipales; improbidad, impunidad e injusticia; un  Congreso y Cabildos controlados que se resisten a cumplir del todo su tarea de supervisar  el desempeño y exigir rendición de cuentas; un Poder Judicial debilitado por la intromisión del Ejecutivo que no proyecta la imparcialidad y autonomía que debiera; y una fuerte dependencia fiscal y operativa de la federación que se resiste a descentralizar.

Estos temas fueron registrados en el diagnóstico y sirvieron de base para la propuesta de la gobernadora electa Claudia Pavlovich. Se sabía que deben erradicarse ineficiencias, prácticas indebidas y atender diversos rezagos y omisiones. La información derivada del proceso de entrega-recepción que muestra desastres mayores a los previstos y el adverso entorno político y económico nacional e internacional complica el escenario. 

La Gobernadora electa y su equipo de transición han sido hasta ahora cautelosos al señalar la ruta que seguirán y sólo han esbozado trazos generales que ratifican su propuesta electoral y al parecer prudentemente esperan contar con información más detallada sobre el estado en que recibirán la administración pública.

La solución no está sólo en el ámbito de atribuciones del Ejecutivo
Sin embargo, se puede adelantar que el Congreso del Estado, el Poder Judicial y los Cabildos no pueden seguir rehuyendo a cumplir cabalmente su responsabilidad de cooperar eficazmente con el Ejecutivo y los Alcaldes en la búsqueda del bienestar general. Sobre todo, a su importante función de supervisar y vigilar su desempeño -en todos los niveles- y todos los procesos de la vida pública.   

Que se haya permitido la disfuncionalidad de esos dispositivos no anula su relevancia. La solución a muchos de los problemas está en ellos. Los Diputados y Regidores  pueden y deben actuar más comprometidamente con el modelo de transparencia y  de responsabilidad política y jurídica de los funcionarios; el Judicial con el de ceñimiento del conjunto social a las leyes y; los Legisladores Federales con la exigencia del respeto al pacto federal que supone equidad y apoyo. Han sido evidentes por ejemplo los beneficios de los recursos federales que han gestionado pero es mucho más lo que pueden hacer.

De las inconsistencias e irregularidades que hoy se señalan pocas fueron detectadas y denunciadas por Diputados y Regidores pero no tuvieron el consenso necesario en sus asambleas para frenarlas. No es necesario ser un experto para percatarse de la inutilidad del Congreso y de los Cabildos como contrapoderes de control. Los deficientes resultados de gobierno lo evidencian.

Es conocida también la injerencia del Ejecutivo Estatal, de Alcaldes y de partidos en las decisiones legislativas y de los Ayuntamientos. Es comprensible su interés en apoyar iniciativas e influir en las deliberaciones. La comunicación y la negociación entre poderes es parte de las interacciones democráticas. Lo incomprensible, es que los Legisladores y Regidores renuncien a su responsabilidad de representar el interés general para seguir la lógica del interés partidista y del interés personal y que incumplan su tarea de supervisión y vigilancia

Si en el caso de la Asamblea Legislativa y los Cabildos la injerencia es entendible pero cuestionable, la intromisión en las decisiones del Poder Judicial va más allá, es simplemente una irresponsabilidad por tratarse de una instancia en la que su absoluta independencia es condición para la imparcialidad de sus laudos. Debe reconocerse que la férrea defensa por parte de sus miembros ha evitado daños mayores.

La responsabilidad de los partidos políticos
Los partidos políticos no son ajenos a estos despropósitos ni pueden desatenderse de las soluciones. Saben que la democracia no se agota en el voto, para transformarlos en buenos gobiernos, es necesario que asuman eficientemente su tarea de intermediación y trasladen intereses diversos pero legítimos a las esferas de decisión. Sin dejar de defender su programa, ni renunciar a su deber de oponerse cuando el interés general se pone en riesgo, tienen también la responsabilidad  de apoyar las iniciativas y proyectos que lo favorecen y de generar los consensos necesarios.

Contribuir a la eficacia de la supervisión entre poderes y la rendición de cuentas puede rescatarlos del descrédito ciudadano. Un ejemplo reciente es justamente el PRI-Sonora que como oposición enarboló las banderas contra la impericia, la improbidad y la opacidad del gobierno actual, los electores lo premiaron con un holgado triunfo. Desde luego aún falta que lo traduzcan en buen gobierno.  Por ello, resulta un contrasentido que haya voces que se escandalicen de la cercanía con el gobierno cuando son partido en el poder. Lo escandaloso sería que no apoyen y defiendan la plataforma programática que impulsaron. En todo caso la anteposición del bienestar general es lo que debería determinarlo.

Lo cierto es que junto a los otros poderes y niveles de gobierno, comparten con la Gobernadora la responsabilidad de corregir el desastre del fallido “Nuevo Sonora”. Esperemos que la apoyen. Una mayoría electoral ya la apoyó en las urnas.