sábado, 22 de agosto de 2015

La historia del niño que desde los 4 años quería ser mujer

Anna G. Lozanno
Marina Fernanda, activista. Foto: Rafael del Río
GUADALAJARA, Jal. (Proceso).- “¡Édgar! ¡Quítate ese vestido, ya, cabrón! ¿Qué chingados haces con mi ropa puesta?”
Édgar tenía cuatro años y estaba frente al espejo cuando escuchó la reprimenda de su madre. Fue la primera vez que sintió el deseo de ser mujer. Hoy, a sus 30 años, ya no se llama Édgar, sino Marina Fernanda, Fer, y es una transexual de voz gruesa y ademanes suaves.
Durante la entrevista con Proceso Jalisco mueve sus manos de manera constante, lo que hace sonar las pulseras de su muñeca izquierda. Pide un café americano con naturalidad, sin hacer caso a las miradas curiosas y las risas burlonas de los parroquianos del establecimiento donde se realiza el encuentro.
Habla de su transición hormonal, de las implicaciones psicológicas y sociales que enfrentó para asumir su nueva identidad de género. “Una no nace mujer, se hace”, dice, citando a Simone de Beauvoir:

Y comienza su relato: “A mí nunca me gustó jugar a las muñecas ni a las Barbies. Tampoco me gustaba jugar a la cocinita y esas cosas; prefería los juguetes más neutrales, como los lego, o aquellos que no tuvieran un estereotipo de niña o niño”.
Cuando su madre le recriminó por usar sus prendas, le dijo que él era varón. Lo que él estaba haciendo no estaba bien y le explicó: la ropa de mujer es para mujeres; los niños siempre deben llevar ropa de hombre. Fer comenzó a preguntarse por qué su gusto por las prendas femeninas estaba prohibido no sólo por su madre, sino por la sociedad que juzgaría en los siguientes años su proclividad a usar ropa de mujer.
“Yo no entendía la separación del género. No entendía por qué en el kínder los niños debían jugar cosas de ‘hombres’ mientras las niñas tenían otro tipo de entretenimientos. ¿Por qué no podíamos jugar todos lo mismo? ¿Por qué nos clasificaban? ¿Por qué esa diferenciación? ¿Por qué no todos podríamos tener algo de los dos?”, relata.
En la adolescencia, Fer entendió que, además del género binario mujer-hombre, había algo que le hacía ruido con su identidad sexual. Su padre, de origen chileno y aficionado al futbol, le dijo que los hombres eran heterosexuales. Era machista, recuerda Fer, y trabajaba como maquillista junto con su madre. Y siempre, recuerda, despreció a “los maricones”.
Fer estaba convencido que si había nacido hombre, debía vivir como tal. Pero cuando estudiaba la secundaria en una institución privada y católica –el Colegio Francisco I. Madero– surgieron las dudas.
La superiora del plantel era Marina Guadalupe, quien daba clases de historia. Era robusta, llevaba el pelo corto y sus rasgos faciales eran toscos. Eso le causó envidia, dice Fer. ¿Cómo era posible que Dios se mostrara permisivo en ese caso de “masculinidad femenina” y que esa religiosa predicara su palabra? Le costaba trabajo asimilar que él estaba condenado a vivir en el pecado por pensar en transgredir su género masculino a uno femenino.
“No entendía cómo una monja podía tener la apariencia física de un hombre y no ser castigada ante Dios. Pero cada que a mí me despertaban las ganas de vestirme con la ropa de mi madre, estaba mal; Dios me castigaría –pensaba– por querer lucir como una mujer.
“¿Por qué Dios castigaba al hombre femenino y no a la mujer masculina? Nunca lo entendí. Tuve que reprimir mis ganas. Cada que ‘pecaba’ me daba por autoagredirme; cortarme con objetos filosos para sentir menos culpa.”
Fer sonríe tímidamente cuando habla del amor. Se acaricia el cabello negro que lleva suelto. Su primer beso, dice, fue a los 16 años, con su primera novia. “Le supo feo”, dice. Su rostro se ilumina cuando narra que a esa edad era fan del grupo musical Jeans. En esos tiempos disfrutaba pasear con su novia. Además, “vestía hermoso”.
Sin embargo, Fer evitaba el contacto físico. Para lograr una erección, susurra, imaginaba un catálogo de ropa interior de mujer. Su verdadero placer no era el contacto carnal, sino vestirse a escondidas con la ropa de sus novias: faldas cortas, jeans ajustados, maquillarse y ponerse lápiz labial.
Sorbe su café y sonríe.
“Siempre me incliné hacia la feminidad, quizá por eso nunca entendí bien eso del amor. Quizá aún no termino de entenderlo. Me gustan las mujeres, pero no soy gay; siempre me incliné hacia la feminidad. Desde chica me sentí identificada con personajes femeninos tanto en las películas como en las caricaturas, sobre todo en el animé de Las Guerreras Mágicas”, cuenta.
Disforia de género
“Mi problema de disforia de género empezó cuando me sentía culpable por envidiar mentalmente no haber nacido mujer –cuenta Fer–. Comenzaba a castigar y desconocer mi esencia de hombre. Pero en el fondo sabía que no le hacía daño a nadie al vestirme de mujer. Durante un par de meses dejé de hacerlo, pero nunca dejé de sentir ganas de hacerlo.”
La disforia de género es la disconformidad por haber nacido en un sexo biológico al que la persona se siente ajena. Y eso era lo que le provocaba culpa a Fer. Tenía 18 años cuando optó por acercarse al cristianismo. Cada noche rezaba, aferrada a su Biblia pidiéndole a Dios que “la curara”. La religión se volvió su salvavidas.
Como la iglesia a la que acudía se desintegró, decidió continuar con sus estudios y se matriculó en la universidad para estudiar diseño gráfico. Ahí conoció a su segunda novia, quien tenía un look andrógino. Fue entonces cuando su disforia de género llegó al límite.
Fer usaba ropa interior de mujer debajo de sus pantalones cuando iba a sus clases, pero fantaseaba con llegar un día a la universidad con vestido o falda corta. El deseo era acuciante, recuerda. Se sentía “como un monstruo”, por lo que buscó la soledad.
Fer comenzó a leer al psicoanalista suizo Carl Gustav Jung, uno de los fundadores de esa disciplina. Estaba de acuerdo, dice, con la clasificación que hizo del progreso individual, según la cual la persona representa la imagen pública mediante una máscara que usa todos los días para fingir lo que no es.
Comenzó a leer más sobre psicoanálisis, disforia e identidad de género, hasta que encontró en el término con el que se identificó: “transexual”:
“Encontré una tesis en línea del psiquiatra Rafael Salin-Pascual titulada Cuando el sexo de mi cerebro no corresponde al de mi cuerpo. Y ahí conocí la palabra transexual. Entendí que yo no era gay, sino un transexual. Ya no quería continuar con el estilo de vida que me asignó mi sexo de nacimiento.”
Como aún no entendía sus problemas de identidad y sexualidad, los pensamientos suicidas eran recurrentes, Fer buscó ayuda terapéutica. Tenía 20 años, dice, cuando descubrió que la transexualidad no es homosexualidad. Supo también que sus deseos sólo le indicaban la orientación sexual. Así fue como aceptó su nueva identidad de género y decidió asumirse como mujer.
“A las transexuales no nos ven como mujeres, sino como un joto que ha llegó al tope. A mí me costó mucho trabajo, pero poco a poco comencé a sentir una necesidad de exteriorizar mi nueva identidad. Así que me decidí a comprar mi primer vestido. Me lo puse, me miré en el espejo y sentí algo mágico”, recuerda.
Luego siguió el tratamiento hormonal. Un tratamiento médico para la hominización puede durar hasta dos años, explica, y consiste en dos fases: bloqueo de las hormonas sexuales previas (andrógenos) y administración de hormonas femeninas (estrógenos). Fer prefiere el tratamiento natural, pues, asegura, aunque es más lento, es menos dañino para su organismo.
Y agrega: “El remplazo hormonal es parte de la transformación, y consiste en equilibrar las hormonas de acuerdo a lo que un endocrinólogo indique. Sin embargo, muchas mujeres deciden la autohormonación, es lo más común, pero también lo más peligroso”.
Contrario de lo que ocurre con las transexuales que optan por ser hombres, la voz de quienes se asumen mujeres y renuncian a su masculinidad no se modifica de inmediato, aunque existen trucos y ejercicios fonéticos. Hoy, Fer luce como una chica trans sin pena a la moderada feminización de su cuerpo. Sus pechos son pequeños y su delgada figura acentúa su cintura.
“Tengo poco más de un año viviéndome como mujer –cuenta–. Al principio me daba pena trabajar en algo donde tuviera mucho contacto con la gente porque me veía feo. Preferí trabajar por mi cuenta y poco a poco perder el miedo a que me vieran.
“Soy fotógrafa y apenas la semana antepasada hice mi primera sesión, ya en mi género, sin pena alguna. También soy activista y feminista, vocal de la organización Transforma-T, que ayuda a chicos y chicas con su proceso trans.”
Fer continúa con el remplazo hormonal y parte de su trabajo como activista consiste en dar visibilidad a la comunidad de chicos y chicas trans, así como la creación de estrategias y políticas públicas a favor de la comunidad Lésbico, Gay, Bisexual, Travesti, Transexual, Transgénero e Intersexual (LGBTTTI) en Jalisco.
Una sociedad retrógrada
El especialista en salud mental Blas Jasso Hinojosa comenta a Proceso Jalisco que la transexualidad en México aún es vista desde el modelo de la psicología tradicional como una parafilia, una desviaciones sexual, e incluso como enfermedad mental.
Sin embargo, refiere, la transexualidad ya no puede ser vista desde esa perspectiva, pues existe una tendencia mundial que defiende las diferentes manifestaciones de la sexualidad.
Y agrega: “Estas manifestaciones no son enfermedades. Antes se les consideraba como parafilia, porque era un modelo diferente que rompía con la cotidianidad. Por tanto, era vista como una enfermedad o un trastorno psicológico. Pero hoy ya no se puede ver así. Estamos hablando, no de una preferencia, sino de una condición sexual”.
Si bien todo lo que se considera un “gusto por lo que no es normal” sigue siendo visto como una parafilia, hoy, hablar de transexualidad es un derecho de identidad de género en el cual el principal obstáculo sigue siendo el enfrentarse a una sociedad machista y heteronormativa. Sin embargo, insiste Jasso Hinojosa, las teorías de género del mundo están permeando a México y en Jalisco no pueden quedar atrás.
La transexualidad, puntualiza, “no es una enfermedad ni puede ser vista como tal. Si lo vemos a nivel de rol de género, no hay ningún problema; el problema es la sociedad. La transexualidad es una manifestación de la sexualidad. Lo que pasa es que vivimos en una sociedad retrógrada. El problema reside también en la ayuda psicológica poco efectiva que se le brinda a la población trans”.
Y aclara: un psicólogo no es un psicoterapeuta ni un sexólogo. Cualquier tratamiento requiere un proceso terapéutico adecuado de acompañamiento.
“Quien deba de atender a los trans debe de ser un sexólogo especializado en cuestiones psicoterapéuticas con el propósito de lograr una condición de género clara; de lo contrario, vendrán depresiones y trastornos de ansiedad al no ser bien diagnosticadas o al no recibir la ayuda indicada”, comenta el especialista.
Dice que, a diferencia de otros países, en México no existe una regulación que incluya un tratamiento psicológico de por lo menos dos años antes de practicar cualquier procedimiento hormonal o quirúrgico para la reasignación de género.
En países como Argentina, por ejemplo, existe una ley de atención sanitaria para la reasignación del sexo. La norma establece que el sistema de salud pública y privada deben ofrecer asistencia psicológica a cualquier persona que solicite la reasignación de sexo de principio a fin. Establece también que en ninguna reasignación se requerirá la intervención o autorización de ninguna autoridad judicial o administrativa para decidir sobre un derecho a la identidad sexual y de género.