El asilo de México a los exiliados españoles hace 75 años cobra toda su dimensión si se piensa que eran perseguidos en España y maltratados en Francia
Javier Rodríguez Marcos/ El
País
El lexicógrafo catalán Joan
Coromines señala en su impagable diccionario etimológico que la palabra
exilio, presente en el castellano desde el siglo XIII, apenas se usó hasta
1939. Antes se hablaba de destierro. Ha de ser especial para un filólogo
certificar en vivo cómo se consagra una palabra —en este caso, por influencia
francesa—, pero más aún protagonizar esa consagración: Coromines fue uno de los
400.000 refugiados que en tan solo unos meses se lanzaron a la frontera con
Francia cuando la derrota republicana empezó a ser algo más que un temor. Ya
forma parte de la historia universal de la infamia el acoso al que la aviación
alemana enviada por Francisco Franco sometió a los que huían camino
de Le Boulou, Prats de Molló o Port Bou. Entre ellos estaba Antonio
Machado, que con 64 años llegaba, maltrecho, al límite.
Más de la mitad de aquellos
refugiados de la primera hora cruzaría de vuelta a España cediendo a la
persuasión del Gobierno francés, que, ya en la primavera de 1938 y en previsión
del desastre que se cernía sobre su vecino del sur, había endurecido las leyes
de extranjería. El resto se dispersó por los países que tuvieron a bien
acogerlos: la URSS, Chile, Argentina, la República Dominicana, Cuba, Colombia
y, sobre todo, México. Este verano la ciudad de Veracruz recuerda que hace
justo 75 años llegó allí el Sinaia, el primer buque cargado de exiliados
republicanos, 1599 concretamente. Uno de ellos era, y en estado de shock, el
pintor Ramón Gaya, de 29 años: su esposa había muerto en el bombardeo
franquista de Figueras y él había dejado a su hija Alicia, nacida en plena
guerra, al cuidado de unos amigos. El exilio era un viaje a lo desconocido y la
niña acababa de pasar una enfermedad que la dejó en los huesos. “Era todo
ojos”, contaría luego Gaya a Elena Aub, hija de otro exiliado ilustre. Se
lo contó en 1981, durante una entrevista que permaneció inédita hasta que la
incluyeron, una vez muerto el artista, en un volumen titulado, muy a lo Juan
Ramón, Ramón Gaya de viva voz (Pre-Textos, 2007). La larga conversación —100
páginas en un libro de 400— es toda una rareza en alguien que habló poco de las
penurias pasadas, un relato descarnado del final de la guerra española.
Para los que no tenían a nadie
que respondiera por ellos, la estampida hacia la frontera desembocaba en campos
de concentración improvisados en las playas donde los adultos aguantaban lo
inaguantable y los niños morían como chinches: el índice de mortalidad infantil
llegó al 97%. A Gaya le tocó Saint Cyprien. La gente sobrevivía tirada en la
arena, sucia, hambrienta, en condiciones insalubres y con el viento de los
Pirineos soplando sobre vivos y muertos. Era el mes de febrero. “Llegamos a
tener que cavar hoyos para no sufrir el viento”, le cuenta a Elena Aub. “Esos
hoyos eran una especie de tumbas que se llenaban de agua; había que salir y
hacer otro hoyo un poco más adentro”. A veces, él y sus amigos usaban como
aislante un lienzo que le había encargado el Estado Mayor republicano meses
atrás, el primero de un díptico: La guerra y La paz. Solo pintó la guerra.
En una escena de pavorosa actualidad, Gaya relata cómo algunos se tiraban al
agua para intentar salir del campo a nado. “Entonces los guardias desde unas
barcas les disparaban y los dejaban allí”.
Esta era, agravada más tarde
por el hostigamiento del gobierno de Vichy, la situación de los refugiados
cuando México se convirtió en la tabla de salvación de muchos. Por un lado, dio
asilo a los que se marchaban. Por otro, protegió a los que se quedaban. Dio
incluso dignidad a los muertos: fue la bandera del águila y la serpiente la que
cubrió el ataúd del presidente Azaña cuando las autoridades francesas
prohibieron que lo cubriera la republicana. La moderna proliferación de muros
fronterizos está a punto de llevar al terreno de la literatura fantástica la
actitud de los mexicanos, que no se limitaron a cuidar de los suyos —nadie les
hubiera pedido más— en una Europa nuevamente dispuesta a la masacre.
Hasta hace unas semanas pudo
verse en el Instituto de México en España —frente al Congreso de los Diputados,
precisamente— una exposición con las fotografías que los desterrados españoles
regalaron a su protector, el cónsul Gilberto Bosques. Fue él el encargado
de alquilar dos castillos en las afueras de Marsella para alojar allí a los
espectrales habitantes de los campos de concentración. Higiene, comida y
trabajo fue la receta para resucitarlos. Los refugiados —agricultores, médicos,
maestros, lo que fueran— cobraban por sus labores en los castillos a cambio de
donar a la comunidad la paga de un día. Bosques, al que llaman el Schindler
mexicano, terminaría firmando 40.000 visados a europeos perseguidos:
republicanos, judíos… Cuando quisieron agradecerle un arrojo que le costó ser
confinado por los nazis bajo arresto domiciliario, respondió: "No fui yo,
fue México”“. Murió en el verano de 1995. Estaba a punto de cumplir los 103
años pero no alcanzó a ver cómo en 2003 un rincón del distrito 22 de Viena
recibía el nombre de Paseo Gilberto Bosques (a un paso del Danubio y
de la Leonard Berstein Strasse). No se tiene noticia de que en España suceda
algo parecido.