Cinco mujeres comenzaron hace 19 años a alimentar a los
migrantes que cruzan México a lomos del tren conocido como La Bestia. Hoy
forman parte de una red de 62 comedores
Pablo Linde/ El País
Todo empezó con un poco de pan y leche. Unos inmigrantes
pasaban en tren por La Patrona (un barrio de Amatlán de los Reyes, Veracruz),
cuandoRosa y Bernarda volvían de comprar comida. “Madre, tenemos
hambre”, les gritaron un par de ellos que viajaban encaramados al primer vagón
de lo que hoy se conoce como La Bestia, un ferrocarril que cruza México y
que recibe tal nombre por la voracidad con la que engulle personas.
“Madre, tenemos hambre”, gritaron los del tercer vagón.
Bernarda y Rosa se miraron y resolvieron lanzarles la leche y el pan que
acababan de comprar en la tienda. No podían hacer más, pero tampoco menos,
según Norma Romero Vázquez, de 44 años y hermana de ambas. Recuerda cuando
llegaron a casa y explicaron lo que había sucedido: “En el pueblo veíamos pasar
el tren con algunas personas, pero pensábamos que eran mexicanos que
aprovechaban el trayecto para viajar, para conocer el país”, cuenta. Cuando los
oyeron se dieron cuenta de que ni eran de su país, por el acento, ni estaban
haciendo turismo, por lo que pedían.
“Que Dios las bendiga”, gritaron quienes habían
recibido los alimentos que acababan de comprar. Desde entonces y hasta hoy,
cada día reparten comida a los migrantes que viajan en La Bestia. Todo
empezó con un poco de pan y leche. Al poco tiempo preparaban unas 30 raciones
diarias. Hoy son alrededor de 400 en un día cualquiera. Pueden llegar al
millar. Eso solo en su pueblo, porque han formado una red de 62 comedores a lo
largo de todo el recorrido de La Bestia, en constante comunicación.
"Lo que empieza como un pequeño gesto puede multiplicarse; la solidaridad
es contagiosa", relata Norma en un piso de Coslada. Allí, ella y su
sobrina Leonila están siendo hospedadas por la plataforma A Desalambrar
mientras permanecen en España haciendo visible la labor que desarrollan en su
ciudad natal.
Comenzaron Rosa, Bernarda, Norma, su madre y una cuarta
hermana. Acudían a tiendas y panaderías de la ciudad a pedir donativos de
alimentos y restos. Los cocinaban, los preparaban en bolsas y se apostaban por
el recorrido del tren para lanzárselas a quienes pasaban con hambre. Hoy son
14, las conocen como Las Patronas, en honor al nombre del pueblo y mezclan
su trabajo, unas como campesinas, otras como tenderas, con la ayuda a los
migrantes en lo que se ha convertido en algo mucho más grande que un simple
comedor.
Ahora prestan asistencia sanitaria cuando lo requieren y
son un interlocutor del Gobierno para presionar en leyes relativas a la
migración. “Hasta hace poco era ilegal repartir alimentos a las personas en
tránsito. Tampoco se les podía atender en los centros de salud porque se ponían
en contacto con el departamento de inmigración y los deportaban. En 2011 se
aprobó una ley que prohíbe esta práctica”, asegura Norma.
Entre la entrega de pan y leche y ser interlocutores del
Gobierno han pasado muchas cosas. Por ejemplo, el Premio Nacional de Derechos
Humanos que México les concedió en 2013.
Pero el antes y el después llegó hace unos 12 años,
cuando un investigador peruano se propuso documentar lo que allí se hacía. “Lo
mostró en varias universidades y desde entonces fue una explosión; empezamos a
recibir mucha atención, lo cual también nos vino bien, porque nos empezó a
apoyar muchísima gente, la sociedad civil y numerosas organizaciones
[como A Desalambrar o Ayuda en Acción] para poder proporcionar las
cantidades enormes de comida que los inmigrantes necesitan ahora”, narra.
Para Norma su trabajo es una especie de misión divina:
“Cuando atendí a uno de los primeros migrantes, que estaba herido, oré para que
Dios me ayudara. Y sentí algo indescriptible. Se me pasaron todos los miedos.
Le veo a él en el rostro de cada persona que atendemos. Somos sus servidoras”.
Entre las Patronas no hay hombres. Y no porque los
rechacen. Las razones de su ausencia hacen todavía más meritoria la labor que
desempeñan: “Vivimos en un entorno rural muy machista. Ellos nos miran con
recelo y venir con nosotras sería como estar dominados por nosotras. A nuestros
maridos incluso les meten en la cabeza cosas raras. Les dicen: ‘¿Qué hace tu
mujer todo el día con unos hombres desconocidos? Nosotras respondemos