miércoles, 5 de diciembre de 2012

Un quinquenio ha pasado

Ventura Cota Borbón
Almirante Marco Antonio Murillo L.
Ayer soñé a un estimado amigo ya fallecido. Llegó a mi recuerdo el día que por cuestiones totalmente de trabajo sostuvimos nuestro primer encuentro. Fue en al año 2004 cuando el profesor Alejandro Ramírez Cisneros a través de una llamada me hizo saber que el Lic. Marco Antonio Murillo Lozano quería conocerme y platicar conmigo.

Llegué puntual a la cita. Timbré y segundos después, tras unas cortinas color rojas asomó la cabeza una perrita de fino pelaje. Un minuto más tarde, una persona con evidente signo de dolor en una de sus piernas, se acercaba titubeantemente a la puerta del porche y preguntaba quién era. Una vez que me identifiqué, el propio licenciado Murillo abrió el candado y permitió mi entrada a su casa. Un rincón el cual celosamente mantenía alejado de la gente, pero que en lo particular y me honra decirlo, me ofreció de modo sincero.

A partir de esos momentos y sin que hubiera aún algún cruce de palabras, sabía que el Lic. Murillo, “El loco” como muchos le decían, me brindaba su amistad, misma a la que recíprocamente correspondí. A partir de ese día y hasta su óbito, en cual en este mes de julio se cumplieron cinco años, guardamos un respetuoso afecto.

Mi amigo, vivió y murió igual, ensimismado en su soledad, una soledad que le resultaba a veces y con paradoja, muy acompañada, entregó su alma a Dios en la sala de su hogar.

Aún, lo escribo con sinceridad y franqueza, me duele su desaparición.

Cómo no recordar con admiración a ese gran hombre de incomprendida actitud si a mí me enseño muchas cosas que en su momento me parecían increíbles. Como sacadas de un cuento de hadas. El Lic. Murillo era un grande entre los grandes. Siempre buscó beneficios para los demás, pero sobre todo lo gallardamente hecho, fue por su amada patria chica, como catalogaba a Guaymas.

Por muchos es rememorada la anécdota en que el osado Lic. Murillo en un acto valiente y bien pensado, con la firme intención de hacer voltear la mirada de políticos hacia nuestro Golfo de California, aceptó convertirse en un moderno pirata y secuestró el entonces trasbordador “Gustavo Díaz Ordaz” que en aquellos tiempos hacía la ruta Guaymas-Santa Rosalía. Factor preponderante para que finalmente se legalizara la nacionalización del golfo y con él, el respeto a sus múltiples especies únicas en el mundo marino junto con su fauna y flora silvestre.

Un acto heroico que le costó en su momento pena corporal, pero finalmente fue “perdonado” y exonerado de los cargos, por  cuestiones que el mismo Lic. Murillo Lozano con abierta y estruendosa risa, contaba a quienes con placer, le escuchábamos.

Fueron muchas las ocasiones en que convivimos. Casi fue una obligación para el grupo de amigos, selectos –según sus propias palabras-, el reunirnos en su hogar los viernes de cada quince días. Excelente anfitrión y mejor cocinero. Siempre se jactaba de su buena mano en la cocción de los alimentos que nos brindada, siempre aunada con su sincera amistad.

A veces le agradaba estar acompañado. Su humor era contagiable. Un hombre con vastos conocimientos de la vida y cuyas enseñanzas en lo particular, agradezco y agradeceré siempre. Un inigualable conservador.

Recuerdo particularmente una mañana en que me pidió lo acompañara a su biblioteca. Me dijo que tomara el libro que quisiera, que formaría parte de un obsequio como agradecimiento a mi amistad…Aún lo conservo y especialmente la cariñosa dedicatoria que de su trémulo puño plasmó como un recuerdo imperecedero.

Un quinquenio ha transcurrido desde que murió mi amigo el Lic. Marco Antonio Murillo Lozano y parece que apenas ha transcurrido un día. Murió un hombre bueno, un hombre que siempre supo honrar y cuidar la amistad. Una vez me dijo: “La mistad es como la sonrisa de un niño…si se conserva siempre te traerá buenos recuerdos y grandes momentos de amor, satisfacción y hasta felicidad…”.

Desde aquel infausto estival día de julio, se apagó su grito de batalla: ¡Ufa!

Lic. Murillo Lozano Marco Antonio, tus verdaderos amigos, los que comprendiste y te comprendimos, te extrañamos mucho, desafortunadamente personas como tú aparecen pocas veces en la vida. Donde te encuentres, en el Cielo o en el Infierno, como decías, que la estés pasando bien, cuando menos mejor que aquí si, de ver la clase de excrementos que gobiernan a este país, del coraje te morías de nuevo.

En tu memoria por siempre abogado del Diablo…