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| Almirante Marco Antonio Murillo L. |
Ayer
soñé a un estimado amigo ya fallecido. Llegó a mi recuerdo el día que por
cuestiones totalmente de trabajo sostuvimos nuestro primer encuentro. Fue en al
año 2004 cuando el profesor Alejandro
Ramírez Cisneros a través de una llamada me hizo saber que el Lic. Marco Antonio Murillo Lozano quería
conocerme y platicar conmigo.
Llegué
puntual a la cita. Timbré y segundos después, tras unas cortinas color rojas
asomó la cabeza una perrita de fino pelaje. Un minuto más tarde, una persona
con evidente signo de dolor en una de sus piernas, se acercaba titubeantemente
a la puerta del porche y preguntaba quién era. Una vez que me identifiqué, el
propio licenciado Murillo abrió el candado y permitió mi entrada a su casa. Un
rincón el cual celosamente mantenía alejado de la gente, pero que en lo particular
y me honra decirlo, me ofreció de modo sincero.
A
partir de esos momentos y sin que hubiera aún algún cruce de palabras, sabía
que el Lic. Murillo, “El loco” como muchos le decían, me brindaba su amistad,
misma a la que recíprocamente correspondí. A partir de ese día y hasta su
óbito, en cual en este mes de julio se cumplieron cinco años, guardamos un
respetuoso afecto.
Mi
amigo, vivió y murió igual, ensimismado en su soledad, una soledad que le
resultaba a veces y con paradoja, muy acompañada, entregó su alma a Dios en la
sala de su hogar.
Aún,
lo escribo con sinceridad y franqueza, me duele su desaparición.
Cómo
no recordar con admiración a ese gran hombre de incomprendida actitud si a mí
me enseño muchas cosas que en su momento me parecían increíbles. Como sacadas
de un cuento de hadas. El Lic. Murillo era un grande entre los grandes. Siempre
buscó beneficios para los demás, pero sobre todo lo gallardamente hecho, fue
por su amada patria chica, como catalogaba a Guaymas.
Por
muchos es rememorada la anécdota en que el osado Lic. Murillo en un acto
valiente y bien pensado, con la firme intención de hacer voltear la mirada de
políticos hacia nuestro Golfo de California, aceptó convertirse en un moderno
pirata y secuestró el entonces trasbordador “Gustavo Díaz Ordaz” que en
aquellos tiempos hacía la ruta Guaymas-Santa Rosalía. Factor preponderante para
que finalmente se legalizara la nacionalización del golfo y con él, el respeto
a sus múltiples especies únicas en el mundo marino junto con su fauna y flora
silvestre.
Un
acto heroico que le costó en su momento pena corporal, pero finalmente fue
“perdonado” y exonerado de los cargos, por
cuestiones que el mismo Lic. Murillo Lozano con abierta y estruendosa
risa, contaba a quienes con placer, le escuchábamos.
Fueron
muchas las ocasiones en que convivimos. Casi fue una obligación para el grupo
de amigos, selectos –según sus propias palabras-, el reunirnos en su hogar los
viernes de cada quince días. Excelente anfitrión y mejor cocinero. Siempre se
jactaba de su buena mano en la cocción de los alimentos que nos brindada,
siempre aunada con su sincera amistad.
A
veces le agradaba estar acompañado. Su humor era contagiable. Un hombre con
vastos conocimientos de la vida y cuyas enseñanzas en lo particular, agradezco
y agradeceré siempre. Un inigualable conservador.
Recuerdo
particularmente una mañana en que me pidió lo acompañara a su biblioteca. Me
dijo que tomara el libro que quisiera, que formaría parte de un obsequio como
agradecimiento a mi amistad…Aún lo conservo y especialmente la cariñosa
dedicatoria que de su trémulo puño plasmó como un recuerdo imperecedero.
Un
quinquenio ha transcurrido desde que murió mi amigo el Lic. Marco Antonio
Murillo Lozano y parece que apenas ha transcurrido un día. Murió un hombre
bueno, un hombre que siempre supo honrar y cuidar la amistad. Una vez me dijo: “La mistad es como la sonrisa de un niño…si
se conserva siempre te traerá buenos recuerdos y grandes momentos de amor,
satisfacción y hasta felicidad…”.
Desde
aquel infausto estival día de julio, se apagó su grito de batalla: ¡Ufa!
Lic.
Murillo Lozano Marco Antonio, tus verdaderos amigos, los que comprendiste y te
comprendimos, te extrañamos mucho, desafortunadamente personas como tú aparecen
pocas veces en la vida. Donde te encuentres, en el Cielo o en el Infierno, como
decías, que la estés pasando bien, cuando menos mejor que aquí si, de ver la
clase de excrementos que gobiernan a este país, del coraje te morías de nuevo.
En
tu memoria por siempre abogado del Diablo…
