Ventura Cota Borbón
Muchos pueden creer o no en la virgen
del Tepeyac. En lo personal, la guadalupana ha significado mucho a todo lo
largo de mi vida. Cuando nací, por cierto bien pero una negligencia médica forzó
mi salida del vientre ocasionando graves problemas de hundimiento craneal, lo
que hizo prometer a mi madre –ya extinta-, una “manda, la cual consistía en
postrarme ante la virgen morena de Guadalaupe cuando cumpliera siete años, si
lograba dejarme con vida.
La “manda” por distintas
circunstancias económicas no se pudo cumplir hasta que llegué a los treinta
años y la fe en la santísima María de Guadalupe creció a grado intenso. No
hablo de fanatismo, sino de fe verdadera. Una imagen de ella está siempre
presente a mis espaldas en la oficina de mi trabajo.
Pues bien, cuando nació mi hija
Alejandra, también hubo problemas en el parto. Mi esposa se puso grave y a mi
hija recién nacida la sometieron a estudios clínicos que por fortuna pudo
superar. Mientras estaba internada en el IMSS, en un a incubadora, yo estaba a
su lado, mientras su madre, mi esposa, convalecía en casa, llegaron un grupo de
frailes franciscanos.
Uno de ellos se acercó a mí y me
vio junto a mi hija. La bendijo, me dio un escapulario y una imagen de
terciopelo encuadrada en un marco café muy bonito. Prometí tal y como mi madre
lo había hecho 29 años atrás, que mi hija sería una devota de la virgen, a
cambio pedí su completa recuperación, además la velaríamos cada 11 de diciembre.
Desde entonces, hace 20 años,
hemos cumplido religiosamente esa promesa y no puede faltar a dicha fiesta la
familia. Le cantamos, le rezamos y sobre todo, le profesamos una fe
inquebrantable.
Este día de la santísima virgen
guadalupana, ruego a Dios por que los seres humanos seamos más humanos y
dejemos rencores y toda clase de situaciones malévolas.
Salud y mucho amor.
