sábado, 3 de noviembre de 2012

Reglas


Ventura Cota Borbón
Los edificios que albergan embajadas y consulados en los distintos países del mundo, por el simple hecho de estar en el lugar, de tener ese estatus, mantienen condición de separación del espacio aludido, lo que indica que la autoridad está obligada a respetarlo debido a que representa una extensión del territorio del cual proviene.

Lo mismo sucede con los buques cuando pisan suelo extranjero. Así como el cónsul o el embajador es la máxima autoridad en el consulado y en la embajada respectivamente, lo mismo sucede con el capitán de un navío. Su insignia o barras le dan el comando de ese espacio flotante y sobre quien o quienes aborden la nave, él está al mando.

Voy a explicar la razón de este diminuto prolegómeno.

Muy poco tiempo después de que se dio el atentado al centro internacional de negocios en la urbe neoyorquina –las torres gemelas o Word Trade Center-, presuntamente por un grupo radical denominado Al-Qaeda (cuando menos eso dicen las autoridades norteamericanas), en los países en los cuales la nación del Norte tiene influencia, ordenó que se pusieran reglas más fuertes en todo lo relacionado con el comercio, sin contar otras cosas, entre ellas “impermeabilizar” la frontera.

Antes del atentado, el acceso a los buques, era prácticamente inmediato y fácil. Después de, abordar una embarcación, de la nacionalidad que fuera, se convirtió durante un tiempo en una pesadilla. Quienes teníamos la necesidad de subir al buque, éramos escrupulosamente revisados. Se cerraron las puertas al muelle fiscal, y los permisos para entrar a ésa área eran casi imposibles.

En cierta ocasión de la época que menciono, en mi carácter de agente consignatario fui testigo de un incidente entre un oficial de las fuerzas armadas –Semar-, y un capitán de un buque. Esto sucedió cuando recibí un barco de nacionalidad noruega. Estábamos abordándolas autoridades portuarias y un servidor para hacer la visita de rutina, sin embargo a pesar de que en la escala de acceso estaba un letrero –en inglés es cierto, pero gráficamente también lo anunciaba-, que prohibía introducir armas de fuego a bordo, un elemento de la Marina se rehusaba a dejar la pistola con el oficial.

Surgió un conato de alegato en el cual el oficial al mando de los marinos decía que no podía dejar su arma de “cargo y por ende en esas condiciones abordaría la nave.

Por supuesto que el primer oficial ante la situación fuera de su alcance, además de la inutilidad mía de tratar hacerle entender las reglas marítimas al elemento armado, se tuvo que llamar al capitán de la nave, quien de inmediato ofreció una alternativa: “Deje usted el arma en la entrada o no permito su acceso al buque…”.

Eso enfureció al marino quien se obstinaba en abordar, no comprendiendo que hay reglas,  pero lo más importante ignorando quizás que el buque es precisamente una extensión del país de procedencia lo que convierte al capitán en el jefe a bordo.

Para no hacer el relato largo, tuvo que intervenir al capitán de Puerto e intercediendo ante la jefatura de la Marina, tras una llamada muy “disuasiva”, el oficial que acusaba necedad, por fin subió al buque dejando el arma depositada en la entrada del mismo.

Nos guste o no, debemos ser respetuosos de las reglas que imponen los lugares que visitemos. Más si debemos hacer esa visita por obligación. Debo decir que en mis casi dieciocho años de estar relacionado con el negocio de los buques, jamás he tenido una situación semejante o de ninguna índole.

Cómo extraño la atención de buques a consignación. Además de las satisfacciones económicas que deja, lo que se aprende a bordo es increíble.