Ventura Cota Borbón
Los
edificios que albergan embajadas y consulados en los distintos países del
mundo, por el simple hecho de estar en el lugar, de tener ese estatus,
mantienen condición de separación del espacio aludido, lo que indica que la
autoridad está obligada a respetarlo debido a que representa una extensión del
territorio del cual proviene.
Lo
mismo sucede con los buques cuando pisan suelo extranjero. Así como el cónsul o
el embajador es la máxima autoridad en el consulado y en la embajada
respectivamente, lo mismo sucede con el capitán de un navío. Su insignia o
barras le dan el comando de ese espacio flotante y sobre quien o quienes
aborden la nave, él está al mando.
Voy
a explicar la razón de este diminuto prolegómeno.
Muy
poco tiempo después de que se dio el atentado al centro internacional de
negocios en la urbe neoyorquina –las torres gemelas o Word Trade Center-,
presuntamente por un grupo radical denominado Al-Qaeda (cuando menos eso dicen
las autoridades norteamericanas), en los países en los cuales la nación del
Norte tiene influencia, ordenó que se pusieran reglas más fuertes en todo lo
relacionado con el comercio, sin contar otras cosas, entre ellas
“impermeabilizar” la frontera.
Antes
del atentado, el acceso a los buques, era prácticamente inmediato y fácil.
Después de, abordar una embarcación, de la nacionalidad que fuera, se convirtió
durante un tiempo en una pesadilla. Quienes teníamos la necesidad de subir al
buque, éramos escrupulosamente revisados. Se cerraron las puertas al muelle
fiscal, y los permisos para entrar a ésa área eran casi imposibles.
En
cierta ocasión de la época que menciono, en mi carácter de agente consignatario
fui testigo de un incidente entre un oficial de las fuerzas armadas –Semar-, y
un capitán de un buque. Esto sucedió cuando recibí un barco de nacionalidad
noruega. Estábamos abordándolas autoridades portuarias y un servidor para hacer
la visita de rutina, sin embargo a pesar de que en la escala de acceso estaba
un letrero –en inglés es cierto, pero gráficamente también lo anunciaba-, que
prohibía introducir armas de fuego a bordo, un elemento de la Marina se
rehusaba a dejar la pistola con el oficial.
Surgió
un conato de alegato en el cual el oficial al mando de los marinos decía que no
podía dejar su arma de “cargo y por ende en esas condiciones abordaría la nave.
Por
supuesto que el primer oficial ante la situación fuera de su alcance, además de
la inutilidad mía de tratar hacerle entender las reglas marítimas al elemento
armado, se tuvo que llamar al capitán de la nave, quien de inmediato ofreció
una alternativa: “Deje usted el arma en la entrada o no permito su acceso al
buque…”.
Eso
enfureció al marino quien se obstinaba en abordar, no comprendiendo que hay
reglas, pero lo más importante ignorando
quizás que el buque es precisamente una extensión del país de procedencia lo
que convierte al capitán en el jefe a bordo.
Para
no hacer el relato largo, tuvo que intervenir al capitán de Puerto e
intercediendo ante la jefatura de la Marina, tras una llamada muy “disuasiva”,
el oficial que acusaba necedad, por fin subió al buque dejando el arma
depositada en la entrada del mismo.
Nos
guste o no, debemos ser respetuosos de las reglas que imponen los lugares que
visitemos. Más si debemos hacer esa visita por obligación. Debo decir que en
mis casi dieciocho años de estar relacionado con el negocio de los buques,
jamás he tenido una situación semejante o de ninguna índole.
Cómo
extraño la atención de buques a consignación. Además de las satisfacciones
económicas que deja, lo que se aprende a bordo es increíble.