Ventura Cota Borbón
Por
la víspera se saca el día, dice el viejo y conocido refrán popular y según se
aprecia la declaración del gobernador del Estado Guillermo Padrés Elias, la mañana de ayer en un evento, en la cual
afirmó que el ex alcalde César Adrián
Lizárraga Hernández en cuestión de días ocupará una cartera dentro del engranaje
de la administración que preside, lo que implicaría de entrada –y salida-, que
la presunción de malos manejos de éste último, quedaría en la impunidad.
La
presumible connivencia del primer mandatario sonorense no se entiende, ya que
es seguro que a sus oídos han llegado la infinidad de quejas y suposiciones de
malos manejos del erario municipal respecto al recién fenecido gobierno
panista, cotejado por su hijo putativo Lizárraga, sin embargo en premio a su
desaseada labor lo lleve a otro puesto, eso ha enardecido a la opinión pública y desatado opiniones diversas.
Lo
menos que he leído a través de las redes sociales, una vez que Padrés insinuó
la incorporación de político de marras, fue: “Es un insulto y una mentada de
madre [sic] que el Gobernador nos manda a los guaymenses al proteger al bandido
[sic] de César Lizárraga” y otras más, no publicables por involucrar a la autora
de los días del ex candidato a la diputación local.
Y
es verdad, aunque ninguna autoridad ha emitido un juicio en contra del César,
pues también lo es que jamás será tocado con el pétalo de una hoja leguleya.
Hasta
ahora, salvo rarísimas excepciones, un político sobre quien caiga la presunción
de malos manejos y enriquecimiento muy explicable, ha llegado la mano de la
justicia, que dicho sea de paso –y voy a descubrir el agua tibia-, ésta es
selectiva y poco efectiva con los poderosos, por eso no se cree que César Lizárraga
vaya a ser siquiera llamado a declarar ante una autoridad, sino al contrario su
premio será ascender en su carrera política, por supuesto bajo la égida de don
Guillermo.
Ni
modo, todos los aspavientos y mentadas que se lancen contra quienes las
merezcan, serán inútiles ya que como siempre, no va a pasar nada. Además César
Lizárraga no tiene la culpa sino el pueblo que en su momento confió en él y a éste
le dio la espalda.
En
cierta ocasión le pregunté al entonces alcalde de Guaymas que si había algo de
qué arrepentirse y él sin sonrojarse siquiera dijo que de nada, es más, me
enfatizó que le daría pena ver a los ojos de sus hijos si tuviera algo qué
esconder.
Si
no tiene nada que ocultar, entonces ¿por qué no da la cara y enfrenta tantos
señalamientos?
¿Le
sostendrá la mirada a sus hijos todavía?
